— Buenas tardes, tengo una cita con la Doctora Bernal. — Le dije a la recepcionista tras entrar a la clínica casi de manera automática como lo venía haciendo desde hace meses, miré de reojo mi reflejo en el vidrio de una fotografía, me veía los ojos tristes pero siempre con una expresión calmada impresa a fuerza en mi rostro.
— Por supuesto, siga.
— Gracias. Permiso.
Me dirigí al consultorio 102 y golpeé suavemente la puerta blanca.
— ¡Siga!, Dijo desde adentro la doctora, tomé la perilla dorada y abrí la puerta. Entré al consultorio de la doctora, una mujer bordeando los 35 años de cabello rubio y ojos azules, le tendí la mano para saludarla:
— Doctora, buenas tardes.
— ¿Qué tal?, qué bueno verlo de nuevo. — Me dijo mientras respondía a mi saludo.
— Gracias.
Cuando me sentaba delante de su escritorio, la doctora tomó una carpeta, empezó a releer y hacer anotaciones en mi expediente médico.
— Y ¿Cómo ha estado?, ¿Se ha sentido bien esta semana?
— Pues sí Doctora, bien. — Le dije dudando. — Algo estresado por el trabajo, pero lo normal. A
veces me sigo sintiendo triste, pero no tan frecuente como antes.
La doctora asintió tras mi respuesta y sonrió muy levemente, luego aclaró la garganta y con ello dió inicio a la sesión:
— Bueno, recapitulemos. Usted ha estado viniendo aquí desde hace unos cuatro meses y la razón de su visita se debió a...
— ... A que ella me dijo que no. La interrumpí.
De repente llega vívido ese recuerdo a mi mente, tanto así que creí estar de nuevo esa noche en ese restaurante arrodillado frente a ella haciéndole pregunta:
— ¿Entonces?...¿Te quieres casar conmigo?
Le repetí de nuevo creyendo que la sorpresa al ver el anillo de compromiso en esa pequeña cajita de fieltro rojo la había dejado sin habla, pero lo que supuse era un rostro de sorpresa y consternación terminó abruptamente con las palabras que jamás esperé escuchar.
— No... No puedo... — Articulando entre cortadas las palabras y suspirando. —... Yo... Lo siento.
Y se fue... Simplemente se fue. Sentí como el mundo se derrumbaba a mi alrededor sin poder levantarme, sin hacer nada ante la sensación de impotencia que de nuevo me recorría por el cuerpo las lágrimas cayeron sin más.
— Ella...— Lo dije, sollozando y con la voz entrecortada.
— Sé que ha sido muy difícil para usted, interrumpió la doctora —, pero desde que inició la terapia he visto avances significativos.
Cuando dijo eso respiré profundo para contener el llanto y solté un suspiro, sintiendo por un momento algo de esperanza en sus palabras. La doctora continuó:
— Es un proceso largo y seguiremos explorando en lo más profundo de su ser pero le ayudará mucho a superar todo esto. Hoy le voy a pedir algo importante: quiero que busque en lo más profundo de sus recuerdos, puede ser de su adolescencia y mucho mejor si son de la infancia, y quiero que tenga muy presente el recuerdo de la primera vez que se sintió muy amado por alguien y me explique qué es para usted el amor a través de ese recuerdo —. Cerré los ojos por un momento, solté un suspiro y comencé mi relato, obedeciendo la instrucción de la Doctora, intentando abstraer de mi mente todo detalle que fuera posible.
— Hm... Creo que ese recuerdo sería el día que fuí a la casa de mi abuelita y probé su crema de
cebolla por primera vez... O al menos la primera vez que la recuerdo.
— Mjmm... Continúe. — Dijo mientras tomaba nota, suspiré por segunda vez mientras dejaba que
los recuerdos afloraron por sí solos.
Tenía entonces cuatro años y siento tantísima claridad e ilusión como entonces. Estaba sentado en el comedor en diagonal a la entrada de la cocina y dándole la espalda a la sala contigua, quizá era el mejor lugar para estar porque le estaba dando la espalda al mundo y enfocando mi atención en lo que vendría después, éramos entonces mi abuelita y yo en un lugar lleno de gente. Era por esa época el único sobrino y nieto en la casa, por lo que el mundo giraba prácticamente entorno a mi, sin embargo, y es ese recuerdo en particular, todos los demás eran borrosos. Mi abuela llegaba de visita pues vivía con mi tío y su familia en un barrio a una hora de recorrido de mi casa, como hemos sido siempre una familia unida se quedaba con nosotros los fines de semana a excepción de vacaciones donde me quedaba con ellos semanas enteras. Ella (tan diligente y llena de la bondad que siempre la caracterizaron) se ofreció a preparar el almuerzo de ese día. Sin más solo pude quedar en esa enorme silla del comedor gris de seis puestos a esperar en solitario lo que pasaba; tras de mí estaban mis papás conversando con mi abuela quien no permitió que nadie la ayudara y nos tenía confinados fuera de la cocina, en especial a mi, que siendo tan pequeño no se me permitía entrar bajo ninguna circunstancia para evitar algún accidente. Y allí estaba, sentado esperando el almuerzo y mirando con gran atención todo lo que sucedía a mi alrededor. Recuerdo fijarme en los cuadros en la pared, los cubiertos dispuestos en el comedor, el mantel bordado y todos los objetos que estaban a mi alrededor, de vez en cuando miraba la cocina de reojo y detallaba a mi abuela cocinando y hablando con los demás. Cuando anunciaron el almuerzo y dispusieron todo para servir, mi mente solo se enfocó en esperar a que llegara el plato para empezar a comer, en el momento que dijeron que el almuerzo era sopa no hice el gran escándalo que se espera de todo niño pequeño o que deteste cualquier tipo de verdura, sin embargo mi expresión cambió al saber que era de cebolla, no me gustaba su marcado olor y su sabor tan fuerte que picaba la lengua se sentía desagradable. Hice un gesto de desaprobación y manifesté mi descontento:
— ¿Crema de cebolla? —, pregunté poniendo cara de desagrado
— Si, y es muy rica, ya verás que te va a gustar —. Dijo mi mamá.
No sabía qué esperar. Mi abuela salió de la cocina a poner mi sopa en la mesa, sabía que era mi plato porque la había enfriado un poco para mí y no quemarme la lengua. Hundí la cuchara en el plato que emanaba una mezcla de aromas a carne y harina que hacía imposible de distinguir y aunque tenía una consistente se podía deslizar la cuchara con facilidad; le di vueltas mientras soplaba porque aún salía vapor pero al acercarla a la boca la sentí caliente y no la pude saborear, mi mamá me dijo:
— Sopla para no quemarte, y coge con la cuchara la sopa del orillito del plato.
Miré fija la crema y seguí el consejo al pie de la letra, saqué de la crema color amarillo (no supe y no sabré nunca exactamente de qué color es) y la llevé a mi boca, la probé y seguí comiendo, tenía hambre y la prisa en comer no me dejó probarla con detenimiento pero a medida que seguí tomando pude detectar la cebolla, la mezcla de harina (que le daba consistencia y espesor) y la sobrebarriga (que aportaba sabor) aderezaban el sabor de la cebolla sin esconderlo y la hacían deliciosa. Cada cucharada era como cavar en la arena buscando un tesoro cuya recompensa era la panza llena y un plato vacío. En algún momento, casi a punto de terminar salió de mi una expresión de gusto:
— Hmmmm...
— ¿Te gustó? —, me preguntó mi abuelita mientras esperaba mi veredicto.
— Mjmmm...— Asentí con gusto y sonriendo, ¿qué más podía decir un niño de cinco años?, no
pude describirle entonces el sabor ni darle una mejor opinión sobre su sopa, solo me limité a esa expresión con la que los niños dicen las cosas con sinceridad. Mi abuela me miró fijo y sonrió mientras entraba de nuevo a la cocina y yo solo me terminaba la crema bocado tras bocado. Cuando terminé, dejé la cuchara en el plato vacío y casi limpio mientras pasaba la lengua por los labios y me limpié la boca con el dorso de la mano derecha, mi abuela me preguntó de nuevo:
— ¿De verdad te gustó?
— Mjmmm...— Asentí de nuevo. — Abuelita, quiero más.
— ¿En serio quieres más? — Me preguntó de nuevo, entre incrédula y sorprendida. — Ya voy y te traigo otro plato —. De fondo podía escuchar las voces de mis papás diciendo lo alegres que estaban por mi gusto a la crema... Entonces la miré y vi dibujada en su rostro la sonrisa más grande del mundo en una boca tan pequeña, no podía ocultar su felicidad ante mi reacción a su sopa.
— Eso doctora, para mi, es el amor... El amor es una crema de cebolla... El amor es salir al parque a jugar con ella, verla y saludarla desde lejos mientras subo la escalera, entro al túnel y me deslizo por el rodadero. Amor es salir a correr al verla desde lejos y que te reciba en sus brazos y te llene de besos y mientras te mira y dice “Ay, te dejé la carita toda untada de labial” e intenta limpiarte y decides dejarte así la cara porque sabes que el mundo puede ver que alguien te llena el corazón de alegría. Amor es salir a caminar con ella, y soltarla de la mano para salir a correr más adelante y recogerle flores para armar un ramito y entregárselas. Amor es que te regale un saco o un chaleco tejido por sus manos finas y arrugadas. Amor es reírse al oírla estornudar y que ella se ría contigo. Amor es tomar firme su mano al salir a la calle y atender cada instrucción que te de al pie de la letra. Amor es escuchar con atención sus historias cuando preguntas cómo eran las cosas cuando era niña. Amor es saber que aún ama al abuelo a pesar de llevar viuda más de cincuenta años. Amor es salir juntos a tomar el sol. Amor es ver llegar a los hermanos y los primos y sentir que su amor hacia a ti se multiplica en los que vienen. Amor es admitir con orgullo que siempre serás el niño consentido. Amor es verla quedarse dormida en el sillón después de almorzar. Amor es escucharla recitar poemas o cantar canciones que se sabe desde que estudió en el colegio. Amor es verla tomar tinto todas las mañanas y que ella te regale un poquito. Amor es que te escuche mientras aprendes a leer. Amor es que haga un cuadro pintado por ella y solo para ti. Amor es que diga que está orgullosa de quien eres. Amor es que inicie un aplauso para ti en medio de la multitud. Amor es preguntarse porqué jamás pudiste ganarle jugando estrella china y dominó. Amor es limpiar y llevarle sus gafas, amor es reconocerla sin gafas. Amor es un saco rojo remangado. Amor es que te envuelva en un chal azul cuando sientes frío. Amor es que te acompañe a hacer tareas.
En ese momento tomé una pausa y de mis recuerdos volví al consultorio, la Doctora Bernal no me quitó la mirada de encima mientras hablada. Cuando cambió de postura y se inclinó más hacia adelante supe que era momento de empezar con el punto álgido de mi relato. Le devolví la mirada y me perdí de nuevo en mis reminiscencias.
— ... Amor es que entienda los momentos de rebeldía en la adolescencia. Amor es que le no importe cómo estés vestido siempre y cuando no estés desabrigado y te vistas de negro y no te diga satánico. — Lo dije mientras me reía y por un momento vi que la doctora también sonrió, sus ojos se llenaron de luz.
— ... Amor es saber que ora toda las noches por ti antes de acostarse. Amor es que no entienda qué estás haciendo pero que aún así le parezca admirable. Amor es que pida que le expliques qué estás haciendo. Amor es que vea las fotos de tu grado y llore de felicidad. Amor es que te dé la bendición en tu primer día de clases de la universidad. Amor es que te diga que vas a ser el mejor profesional. Amor es que entienda que estás trasnochado y que solo se limite a dejarte a dormir en el sofá mientras te consciente. Amor es que te pregunte de nuevo qué es lo que estás estudiando y si tiene que ver con computadores... — Hice otra pausa, perdí la vista en el consultorio y continué. — Amor es haber crecido lo suficiente para poderle dar un beso en la frente. Amor es darte cuenta que ahora eres tú quien la guía al caminar y que está en ti tener la mano firme para que ser su apoyo. Amor es bajar el ritmo de tus pasos para ir a la par. — Mi voz empezó a entrecortarse, apreté los puños y seguí.. — ... Amor es darte cuenta que, un día de la nada, ella dejó de cocinar, de pintar y de tejer porque el paso del tiempo ha dejado su huella, y aún así, a pesar de su fragilidad sigue dando todo de ella para ti. Amor es darte cuenta que tu estás creciendo y que ella envejece. — Suspiré de nuevo y miré al techo —... y darte cuenta que ya no queda tiempo... —.
Hice una pausa larga, la doctora me miró esperando a que continuara, al notar mi silencio solo me preguntó:
— ¿Y qué pasó?
— Lo que le pasa a la gente cuando envejece. Una tarde estaba trabajando en la oficina, cuando una llamada lo cambió todo. Era mi tía, me dijo que fuera pronto al hospital, mi abuela estaba allí en estado crítico. Recuerdo que, tan pronto como colgué la llamada me fui de la oficina a visitarla. Nunca un trayecto hacia un hospital me había parecido tan largo; cada segundo en medio del tráfico se me hacía eterno. Conduje a toda velocidad como un animal e hice un escándalo al llegar al hospital porque nadie me daba razón de ella ni me dijeron con claridad dónde se encontraba su habitación, le grité a un celador y un grupo de internos hasta que dí con la habitación en el edificio contiguo, así que salí a correr. En ese punto quedaba menos de diez minutos antes de que terminara la hora de visitas pero no me importaba nada, solo quería verla y oír de su boca que no me preocupara por nada, que todo estaba bien, que iba a salir pronto y que todo sería como antes.
— ¿Y qué le había pasado? —
— Tuvo un accidente en la casa, una mañana se cayó de la cama mientras intentaba levantarse a
desayunar. Se fracturó ambos huesos de la cadera. No le dejó marcas permanentes, incluso iba a terapias y logró volver a caminar sin bastón. Sin embargo tenía recaídas constantes que deterioraron su salud, así que iba a visitarla al hospital cada que podía—. La doctora Bernal me miraba fijo esperando mi respuesta mientras hacía una pausa para seguir y tomar fuerzas para poder contar lo que pasó después.
— Desafortunadamente tanta quietud hizo que su sistema respiratorio colapsara. Murió un año después de ese incidente y después es estar casi dos meses hospitalizada.
— Lo lamento mucho.—
— Si... Creo que, además de todo esto, ESE —, lo dije enfáticamente, y me acomodé en la silla.
— Ese ha sido el peor momento de mi vida. Sufrió mucho, y no pude hacer nada, NADA más que ver cómo su vida se iba marchitando.
— La muerte es inevitable, no había nada que pudiera hacer más que estar allí y acompañarla.
— Si, eso fue lo que hice. Recuerdo la última vez que la fuí a visitar al hospital —. Estaba acostada en la cama, como no tenía puesta las gafas ni la dentadura su cara se veía tan pequeñita. Cada que iba a visitarla tenía que secarme las lágrimas antes de entrar a su habitación, le llevé un ramo de rosas escondidas porque no permitían la entrada de flores o comida al hospital; le sonreí al saludarla.
— Hola abuelita. — Le dije con los ojos aguados.
— Hola mijito, ¿cómo has estado?.
— Bien abuelita, bien, el trabajo y todo va bien. — Me sonrió. — ¿Y tú cómo sigues?, ¿Cómo te sientes?.
— Pues bien mijito, me han cuidado mucho aquí y no me quejo, las enfermeras son amables y los doctores dicen que voy a salir pronto —. En ese punto podría creer cualquier cosa que me dijera, más que mantener la esperanza lo hacía para no desanimarnos, supongo que ella siempre supo muy dentro de sí lo que pasaría aunque nadie lo supiera.
— Ah bueno—, le contesté esperando e imaginando verla volver a la casa. Sonreímos y quedamos unos momentos suspendidos en el silencio sin quitarnos la mirada. Charlamos sobre cualquier cosa y le preguntaba hasta el cansancio si necesitaba cualquier cosa y ella me respondía que no hacía falta nada con toda la tranquilidad del mundo, como si todo estuviera bien porque estábamos juntos. Finalizando la hora de visita comencé a despedirme sin saber que era la última vez que la vería.
— Bueno abuelita, lo siento pero ya me tengo que ir.
— Tranquilo papito, no te preocupes, yo entiendo.— Cuando me iba a inclinar para darle un besito en la frente, empezó a hablarme.
— Mijito: que Dios te bendiga y te guarde siempre, sigue juicioso trabajando y estudiando para que te gradúes pronto, termina tu carrera, gradúate y cuídate mucho. Sigue haciéndole caso a tus papás y evita pelear con tus hermanos, cuídalos mucho a ellos. Eres un niño bueno y me llenas de mucho orgullo.
— Gracias abuelita. — Le dije mientras intentaba contener las lágrimas, sus palabras me conmovieron mucho pero en ese momento no pude saber que se estaba despidiendo. Me acerqué a darle un beso y me tomó las manos, me miró a los ojos y me dijo:
— Recuerda que te amo mucho, con todo mi corazón.
— Yo sé abuelita. — Dije mientras sonreía. — Chao abuelita, cuidate mucho. —
— Chao mijito. — Le mandé un beso y salí de la habitación —. La siguiente vez que la vi fue en su funeral, el resto es historia. Doctora... — Le dije retomando mi charla y volviendo de a poco a la realidad. —
Esas fueron sus últimas palabras, desde el primer hasta último momento me demostró que me amaba... Desde que nací hasta que ella se fue siempre me demostró su infinito amor. Y aunque ya no esté y me duela, la tuve, y muy pocas personas, incluso de mi edad pueden decir eso.
— Es cierto. — Agregó la doctora, — son pocas las personas pueden decir que alguna vez en su vida se sintieron tan amadas como usted por su abuela, o en general por otro ser humano. ¿Sabe cuántas personas divorciadas vienen a mi consultorio intentando manejar la frustración de no poder vivir el resto de su vida sintiéndose amadas?. — Empecé a pensar en un número para responderle pero por su tono de voz distinguí que solo quería que me imaginara la situación de los demás.
— ¿Sabe que si doctora?, la verdad es que soy muy afortunado. A pesar de todo el dolor que siento
ahora, y del vacío que he sentido después de la muerte de mi abuela... Yo... Yo la verdad soy un hombre afortunado porque... La verdad es que, aunque no me casé con la mujer que quería, porque a pesar de su rechazo yo SI pude recibir lo mismo que pretendí darle: amor durante toda la vida... Sentirme tan amado por una sola persona que... A pesar de su ausencia puedo sonreír y sentirme tranquilo por eso, porque sé, a ciencia cierta, que alguien me amó... Toda la vida.
La doctora asentía a medida que terminaba mis palabras, así supe que entendí lo que ella había querido decirme durante estos cuatro meses de terapia. Solté una risita como no lo había hecho en mucho tiempo, me levanté del asiento y estrechando la mano de la doctora Bernal y le agradecí, me despedí con una enorme sonrisa y salí del consultorio.
Afuera, la recepcionista me llamó antes de salir de la clínica interrumpiendo una llamada que atendía por teléfono.
— Espere... Momento... ¿Le agendo la cita para la próxima semana?.
— No, no hace falta. Muchas gracias. — La recepcionista asintió y siguió hablando por el teléfono
de la oficina.
Al abrir la puerta para salir vi de nuevo mi reflejo en aquella foto, esta vez podía ver mi rostro con mayor claridad, era notorio que había llorado durante la consulta, veía mis ojos todavía vidriosos pero estaba sonriendo, sintiéndome liviano y lleno de esperanza. Finalmente cerré la puerta y salí, me fuí sabiendo que no volvería, allí y en ese momento, comencé a sanar.
jueves, 27 de octubre de 2016
domingo, 6 de abril de 2014
domingo, 16 de febrero de 2014
Ya terminé de dibujar sus ojos, el par más hermoso que haya visto. Esos mismos que he observado en lo que se siente como media vida, esos que miro fijo y donde siempre me encuentro, esos que dejo de mirar cuando lo beso y me corresponde.
Esos que me enamoran y me tienen escribiendo a tan altas horas de la noche, aunque no necesito Luna para dormir si ellos eclipsados me sueñan.
Esos que me enamoran y me tienen escribiendo a tan altas horas de la noche, aunque no necesito Luna para dormir si ellos eclipsados me sueñan.
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